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Notas olfativas claras y ásperas abren esta obra, una luz vibrante e intensa, como un laberinto resplandeciente. En el corazón la mirada es serena, flotando en el cuerpo líquido del gran río, en el silencio, en el alma vegetal de esta obra.
Hasta llegar al final, al polvoriento estado terrenal del olvido.
En este aroma, el tiempo tiene cuerpo quieto y representa su sublimación, la fuerte luz inicial lleva a las orillas del gran río, arraigado, espiritual y melancólico. Casi olvidando el porqué de este viaje, encerrado en una espiral de emociones, el hombre sigue ahí en su olvido. El color marrón del material que lo contiene representa la tierra, el arraigo del hombre, la imagen, realizada a partir de una formación aleatoria de hierros, narra la visión abstracta del olvido. Me gustaría que la gente se perdiera en este olor, como en un laberinto donde no hay asideros, quisiera que todos se soltaran, que no recordaran nada, que se dejaran transportar, como en un barco, de noche, sin luces, en el gran río, donde no se ven las orillas; la belleza del olor de la naturaleza y el silencio de la noche. El olvido logra una especie de dicha del espíritu. El olor se convierte en olor psíquico y transporta a un limbo, a un laberinto de polvo, donde todo queda olvidado.
Paz y olvido, dicha y meditación.