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En la tormenta
de un día de verano
y en la tranquilidad del atardecer
ella me acompañó
el eco del mar.
Ahora, en un elegante murex
Guardo el recuerdo de ello:
cuando me acerco a él
al oído, y cuando,
sinuoso y perverso,
Allí encuentro mi perfume.
el nardo,
flor blanca por excelencia
que es la señal de mi estilo.
Aquí se imagina que el nardo llegó desde lejos dentro de una concha, arrastrado por las olas. Tiene un hogar, un ataúd en el que está acurrucada. Abrazó un bloque de ámbar gris y bailó con absolutos de algas. Sus pétalos, empapados por el mar, están impregnados de color púrpura.
Si tuviera un color, sería el rojo de Tiro.
Un nardo mineral, húmedo y submarino.